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EXPERIENCIA DE ACOGIMIENTO

 

Noviembre de 2003

       Oigo llorar a M. en la cuna, ella sabe que si insiste un poco iré a buscarla y la levantaré, la besaré y consolaré hasta que deje de llorar. Es tan pequeña que no puede recordar un tiempo en el que no tuviese una mamá que se preocupara por ella, y es tan pequeña que no sabe que en realidad yo no soy su mamá y que en pocos días su vida va a cambiar totalmente al ir a vivir con su familia definitiva.

 

1 de Diciembre

       Lucho contra el sentimiento de culpa mientras cambio las sabanas de la cuna por otras limpias en espera de que pronto otro bebé pueda ocuparla, sabiendo sin embargo, que ningún otro podrá ocupar el lugar que va a dejar M.

 

2 de Diciembre

         Ayer entregamos a “nuestra bebé” a su familia adoptiva. Fue tan rápido que en un momento pasé de tener en brazos a “mi pequeña” a caminar hacia el coche con un gran ramo de rosas rojas en su lugar. Ayer entregamos a “nuestra niña” y hoy hemos ido a recoger a J. al clínico. Nunca ocupará el lugar de los anteriores, ni es nuestra intención que lo haga, pero ayuda a mitigar el sentimiento de pérdida dejado por M.

Hoy R. le ha preguntado a su padre ¿a quien quieres mas a M. o a J.? y mi marido, como si hubiese tenido la respuesta preparada, casi sin pensar ha contestado: a J., M. tiene una familia que la quiere pero él no tiene a nadie, solo a nosotros.

       Hasta que entramos a formar parte del grupo de familias de acogida pensaba, de manera egoísta, que era mejor que el programa de acogimientos todavía no funcionase cuando mi hijita estaba en el centro, prefería pensar que ella no había conocido a otra mamá que yo.

         Desde que yo he pasado a ser una madre de acogida, mi perspectiva ha dado un giro de 180º. Ahora me doy cuenta de lo distinta que podía haber sido la vida de mi niña en un hogar, con una familia, con el cariño que necesitaba durante su primer año de vida.

       Sobre todo al acoger en nuestra familia a J. y ayudarle a superar el síndrome de abstinencia, al ver como se va calmando mientras le susurro que todo va a ir bien, que enseguida pasará, me he dado cuenta lo mucho que tubo que sufrir mi hija sin una persona especial a su lado, sin alguien que la abrazara y consolara cuando pasaba por un mal momento y su cuerpecito se estremecía por la necesidad de drogas y cariño. No se lo que daría por haber podido pasar con ella ese tiempo, pero ya que no pudo ser así querría que otra persona hubiese tomado mi lugar en esos momentos y que mi hija no hubiese tenido que pasar ese tiempo en una institución, en la que sin dejar de estar bien atendida y sus necesidades físicas cubiertas, no recibió el cariño que una familia le hubiera dado.

       He de reconocer que me duele y me molesta cuando la gente me dice: “ay, yo no seria capaz de hacer eso, yo no podría tener un niño en casa y luego entregarlo, lo pasaría muy mal, yo me lo quedaría” y lo dicen como si al no ser capaces de hacerlo fueran mejores personas, como si pudieran quererlos más de lo que nosotros los queremos, como si a mi no se me rompiera el corazón cada vez que entrego a uno de “mis niños”.

       Nadie sabe lo que yo siento en el momento de decirles adiós, en las horas previas a la despedida, al preparar su maleta, al susurrarle al oído que todo va a ir bien, que su familia le espera y que van a ser muy felices juntos.

      Nadie sabe si duermo la noche anterior, o la noche siguiente pensando, llorará, me echará en falta, habrá comido, ahora estará dormido… tantas preguntas sin respuestas.

      Nadie sabe la cantidad de veces que un corazón puede romperse.

 

20 de Agosto de 2005

       Es de noche, hace ya rato que todos duermen y la casa esta extrañamente en silencio; detrás de cada puerta cerrada duerme un niño que no es mío, es el momento en el que yo, agotada, intento relajarme en el sofá, cuesta desconectar, las imágenes del día se suceden en mi mente, lo hemos conseguido, ha pasado un día mas, pienso en las cosas que podrían haberse hecho mejor, y en aquellas que salieron bien, en los buenos y en los malos momentos vividos en esta jornada.

Es cuando te preguntas si todo esto vale la pena, como a veces nos dice la gente: “sacarlos de su entorno, mostrarles lo que es un hogar, con las comodidades que tal vez ellos nunca tengan, con la estabilidad que su familia no ha sabido darles, el hacerles olvidar los gritos, los malos tratos, la angustia vivida y luego, cuando todo para ellos encaja, devolverlos a su mundo”

      ¿Valen la pena, las lagrimas, las penas, el trabajo casi siempre agotador, los pequeños pasos y los retrocesos, la preocupación por su futuro y los duros recuerdos que siempre quedan al final?

       Y la respuesta es que SI, vale la pena, sin lugar a dudas, si vale la pena

 

       Ya queda un día menos para que finalice este acogimiento y un día menos para que empiece el siguiente……..

 

(Madre acogedora del Programa de urgencia)

 

 

 

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